Georgia no gritó. Georgia miró.
Entré en Georgia con frío.
No un frío espectacular de montaña, sino ese frío seco que se cuela cuando ya estás cansado y el viaje empieza a acumular capas.
Venía de Turquía, de mesas llenas, de ruido, de gestos grandes.
Georgia fue otra cosa.
Más callada.
Más sobria.
Como si el país no tuviera prisa por gustarte.
Un país que no se explica
Georgia no se explica fácil.
Ni siquiera cuando llevas días pedaleando por ella.
Las carreteras son duras, el tráfico a veces violento, las subidas largas. No hay una bienvenida clara. No hay esa hospitalidad exuberante que había dejado atrás. Aquí nadie te agarra del brazo para sentarte a comer.
Pero si miras con atención, el país está ahí.
En el hombre que trepa un árbol sin decir una palabra para bajarte un dron.
En la mujer que cocina para ti en una casa que no es restaurante.
En la gente que no sonríe mucho, pero tampoco te cierra la puerta.
Georgia no te abraza.
Te observa.
Volver a ir solo
Georgia fue el primer país después de volver a ir solo de verdad.
La primera noche acampando sin conversación.
La primera cena sin sobremesa.
El primer silencio largo al montar la tienda.
Primera acampada solo después de HyF. Es la parte que más les echo de menos.
Pedalear solo me devuelve al control, pero también al ruido mental. Pienso más, me anticipo más, disfruto menos del momento. Me doy cuenta de que todavía no he aprendido a estar del todo conmigo sin acelerar.
Georgia me puso delante eso sin dramatizarlo.
El cuerpo avisa otra vez
El cuerpo volvió a hablar.
Carreteras infernales, túneles largos, viento de cara, tráfico agresivo. Jornadas que empiezan suaves y se tuercen sin avisar.
Los días de llegar a un alojamiento son los peores de pedaleo.
Me obsesiono con llegar, con cumplir, con cerrar etapas. Y en ese empeño me pierdo lo esencial: la gente, el paisaje, las historias pequeñas. Georgia me lo devuelve como un espejo incómodo.
Casas, no alojamientos
Si algo hizo bien Georgia fue recordarme por qué viajo así.
Dormí en guest houses donde el desayuno era un acto de cariño.
Cené en casas donde la comida llegaba sin menú.
Escuché música tocada por la anfitriona mientras el día se cerraba lento.
Me sentí como en casa.
Aquí entendí que no necesito grandes momentos. Me basta con sentirme tranquilo en un sitio que no es mío.
Montañas que no perdonan
Georgia también es montaña.
Y no es amable.
Kazbegi no se sube: se conquista con cuidado. Caminos rotos, pendientes absurdas, frío, viento. Una diversión tensa que te recuerda que no todo es disfrute relajado.
Allí arriba no pensé en el viaje.
Pensé en estar entero.
Tbilisi: pausa necesaria
Tbilisi fue descanso.
Y trabajo.
Días de tareas atrasadas, de vídeos, de blog, de reparar la bicicleta. Días de hostel, de conversaciones largas, de conocer a gente que también está parada, rota o en tránsito.
No fue una ciudad para enamorarme.
Fue una ciudad para recomponerme.
El último día
Salí de Tbilisi con frío otra vez.
El mismo frío con el que había entrado al país.
Gasté los últimos laris en té y comida antes de la frontera. Crucé sin problemas. Al otro lado, Armenia ya era distinta: otra energía, otra apertura.
Hola Armenia.
Georgia se quedó atrás sin despedirse.
Lo que quedó
Georgia no me dio grandes historias para contar en voz alta.
Me dio algo más sutil.
Me enseñó a no exigirle nada a un lugar.
A no buscar siempre el gesto amable.
A aceptar que algunos países no están para gustarte, sino para acompañarte un rato.
Georgia no fue un giro.
Fue una pausa.
Y la necesitaba.
📍 País: Georgia
🗓 Fechas: octubre 2021
🚴 Km recorridos: ~500 km
🏕 Noches fuera: acampada + guest houses
📓 Diario diario completo: [enlace]
