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Irán en bicicleta: crónica de un país que te cambia sin pedir permiso

Irán no fue un lugar por el que pasé. Fue un lugar que se me quedó dentro.

by txencito

Irán no se atraviesa. Irán te desmonta.

Entré en Irán con miedo, aunque no lo dijera en voz alta. Miedo aprendido, heredado, repetido demasiadas veces por otros. Salí meses después con una certeza incómoda: el mundo real no se parece en nada al que nos cuentan.

Irán no fue una etapa más del viaje de España a China. Fue el centro de gravedad. Un país que no te permite mirar desde fuera, que te obliga a implicarte, a confiar, a cansarte y a cuestionarte cosas que creías sólidas.

Aquí no existe el paso rápido.


La hospitalidad como norma, no como excepción

En Irán no te ayudan por amabilidad. Te ayudan porque es lo normal.

Te paran en la carretera para darte comida. Te invitan a dormir en su casa sin preguntarte quién eres ni cuánto tiempo te quedarás. Te ofrecen lo poco que tienen sin esperar nada a cambio. Al principio agradeces el gesto; luego empieza a incomodarte. Y cuando te das cuenta de que no hay truco, algo se te rompe por dentro.

Empiezas a preguntarte por qué en el mundo del que vienes todo se mide, se apunta y se devuelve. Por qué nos cuesta tanto dar sin calcular.

Irán no me enseñó a recibir. Me obligó a replantearme cómo doy.


Pedalear en un país sancionado

Viajar en bicicleta por Irán es viajar por un país detenido a la fuerza. No funcionan las tarjetas. No hay cajeros fiables. Todo depende del efectivo y, sobre todo, de la gente. Cada día es logística improvisada y confianza ciega.

Hay jornadas en las que pedaleas cien kilómetros y terminas durmiendo en una casa familiar. Otras en las que no pedaleas nada y aun así el día pesa. A veces duermes en mezquitas, en caravanserais abandonados o en habitaciones prestadas por la municipalidad porque no hay hoteles.

Aquí la bicicleta no es solo transporte. Es excusa, es puente, es salvoconducto.


El cuerpo, otra vez al límite

Irán fue físico. Muy físico.

Frío en el norte, viento interminable, lluvia, desierto, humedad, montaña y costa. Fue enfermar, recuperarse y volver a caer. Fue pedalear con dolor y preguntarte si tenía sentido seguir exigiendo al cuerpo cuando la cabeza ya estaba saturada.

Hubo días en los que pedalear era lo único que me mantenía cuerdo. Y otros en los que la bicicleta pesaba como una obligación absurda. Aprendí a escucharme tarde, como casi siempre.

Irán no perdona la épica sostenida. Te baja al suelo cuando hace falta.


Ciudades que duelen

Teherán fue un golpe frontal. Tráfico salvaje, contrastes brutales, ruido constante. Refugiados afganos durmiendo en la calle, niños heridos pidiendo ayuda que no sabes cómo dar. La rabia y la impotencia se te instalan en el pecho sin pedir permiso.

Isfahán fue espera. Visados, colas infinitas, oficinas saturadas de personas que no viajan por placer. Ahí entendí, de verdad, lo que significa ser turista. Y no me gustó.

Viajar también es cargar con esa incomodidad.


El desierto y el silencio necesario

El desierto iraní fue uno de los mayores regalos del viaje. Carreteras infinitas, noches limpias, estrellas que no caben en ninguna foto. Hogueras que se descontrolan, ruidos en la oscuridad que no sabes si son zorros o tu imaginación.

En el desierto no hay distracciones. Todo se coloca, o al menos se calma. Pedaleas horas enteras sin pensar en nada concreto y, por primera vez en semanas, la cabeza deja de hacer ruido.

Ahí entendí por qué necesitaba Irán.


Hormuz: aprender a parar

Y entonces apareció Hormuz.

Una isla que no esperaba nada de mí. Un lugar donde el viaje, por fin, dejó de empujar. Colores imposibles, playas escondidas, conversaciones largas alrededor de una hoguera. Días en los que no pasaba nada extraordinario, y por eso mismo eran perfectos.

Hormuz fue el final que no sabía que estaba buscando. La despedida suave después de tanta intensidad.


Cruzar y ver dos mundos

Salir de Irán dolió. El ferry a Dubái fue caos, esperas interminables, bicicletas abandonadas en un muelle y demasiados controles. Y luego, de golpe, el otro lado.

Supermercados llenos, orden, consumo, aire acondicionado. Todo funcionaba. Todo estaba disponible. Y, aun así, algo faltaba.

Ciento cincuenta kilómetros separan dos mundos que no podrían ser más distintos.


Lo que quedó

Irán me cambió la forma de mirar a las personas. Y eso no es poco.

No fue fácil, ni cómodo, ni ligero. Fue contradictorio, agotador y profundamente humano. Irán no es un país para entender rápido. Es un país para sentir despacio.

Y cuando lo haces, ya no te suelta.

📍 País: Irán
🗓 Fechas: noviembre 2021 – febrero 2022
🚴 Km recorridos: ~3.500 km
🏕 Noches fuera: casas locales, mezquitas, caravanserais, acampada
📓 Diario diario completo: [enlace]

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