El viaje no empezó con una gran salida desde una plaza llena de gente.
Empezó con lluvia, con pereza y con miedo.
Recuerdo pensar: ojalá siga lloviendo y no tenga que salir.
No porque no quisiera viajar, sino porque sabía que, una vez empezara, ya no habría marcha atrás.
Salir de España fue, paradójicamente, una de las partes más difíciles de todo el viaje. No había todavía rutina, ni cuerpo adaptado, ni cabeza entrenada. Solo una bicicleta cargada, demasiadas preguntas y una sensación constante de ¿qué estoy haciendo?.
Los primeros días pesan más que los kilómetros
Los primeros días fueron fríos. Mucho viento. Pueblos pequeños. Decisiones improvisadas. Dormir donde se podía. Comer lo que había.
Cada etapa era una negociación conmigo mismo:
seguir un poco más, parar aquí, no forzar, no abandonar.
En Atienza entendí algo importante: la gente aparece cuando hace falta. Un alcalde que te ofrece una ducha. Un albergue improvisado. Un refugio que no estaba en el plan. Esa sensación de que, aunque vayas solo, no estás del todo solo.
Ahí empecé a relajar los hombros.
Aprender a ir despacio
Soria, Tarazona, Calahorra… nombres que al principio solo eran puntos en el mapa y que poco a poco se fueron llenando de caras, conversaciones y pequeñas lecciones.
Aprendí a parar.
A comer con calma.
A escuchar a desconocidos que te cuentan su vida sin filtros.
Conversaciones que te dejan tocado. Historias duras. Gente que te recuerda que la vida no espera a que estés preparado.
Y mientras tanto, el cuerpo empezaba a responder. Las piernas dejaban de quejarse. La cabeza se callaba un poco.
Pamplona y la primera sensación de hogar
Llegar a Pamplona fue la primera vez que pensé: esto puede funcionar.
Un hostel acogedor. Gente interesante. Risas. Consejos de otros cicloviajeros. Dos días de descanso que supieron a hogar improvisado. Editar los primeros vídeos. Pensar que quizá sí, que esto no era una locura tan grande.
Ahí incluso la bicicleta dejó de ser un objeto y pasó a tener nombre.
Paquita.
(O Mulán, según la votación…).
Parecen tonterías, pero son anclas emocionales.
El primer gran umbral
El día que encaré los Pirineos entendí que el viaje había empezado de verdad. El paisaje cambiaba. El silencio pesaba distinto. Subía metros sin darme cuenta… hasta que me perdí en el bosque por cabezón.
Una hora de lucha absurda contra el terreno, contra el orgullo y contra la idea de que siempre hay que avanzar. No. A veces hay que volver atrás.
Cuando llegué a Orbaizeta, cansado y con Francia a solo siete kilómetros, tomé una decisión que marcaría todo lo que vino después: cruzar sin pensarlo demasiado.
No era una huida.
Era un paso adelante.
Esa noche dormí en un frontón, con unos baños enfrente. Un lujo inesperado. Y me acosté con una sonrisa tonta pensando: vale, ahora sí.
Lo que no sabía entonces
No sabía que ese miedo inicial iba a volver muchas veces.
No sabía que España sería, al final, también el lugar donde terminaría todo.
No sabía que ese primer paso tímido acabaría convirtiéndose en 501 días de viaje.
Pero sí sabía una cosa:
ya no estaba en casa.
Y eso, aunque daba vértigo, también era libertad.
📍 País: España
🗓 Fechas: abril – mayo 2021
🚴 Inicio del viaje: Madrid – Pirineos
🛣 Tipo: arranque de viaje largo en bicicleta
💭 Sensaciones: miedo, duda, hospitalidad, adaptación
🏁 Estado: el viaje ha comenzado
