Entré pedaleando… y acabé viviendo semanas enteras sin mover la bici, refugiado del calor, de la incertidumbre y de una pregunta que empezó a aparecer cada mañana con más fuerza:
¿y ahora qué?
Grecia no se pedalea, se habita
Llegué pensando en avanzar rápido. En cruzar. En seguir sumando kilómetros.
Pero Grecia me frenó sin violencia: calor extremo, burocracia, vacunas imposibles, hostels que se convierten en casa y gente que te hace sentir cómodo justo cuando no deberías acomodarte demasiado.
Tesalónica fue eso.
Un refugio y una trampa dulce.
Dormí mejor que en ningún otro punto del viaje.
Comí caliente, cociné, edité vídeos, leí (o lo intenté), conocí gente increíble… y al mismo tiempo sentía cómo el proyecto 50aldia se quedaba en pausa, flotando.
No estaba mal.
Pero tampoco era exactamente lo que había salido a buscar.
El Olimpo: cuando el viaje te pone en equipo
Subir al Olimpo no estaba planeado.
Como casi nada de lo bueno de este viaje.
Llegué solo y acabé formando equipo. Con desconocidos que en dos días pasaron a ser parte importante de mi historia. Compartimos refugios, dudas, decisiones incómodas, frío, resfriados absurdos y momentos de euforia absoluta al coronar picos que no eran el más alto… pero sí los correctos.
Ahí entendí algo importante:
no siempre hace falta llegar al punto más alto para que algo sea intenso.
A veces basta con compartir la dificultad.
El Olimpo fue exigente, físico y emocional.
Y cuando bajé, supe que algo había cambiado.
Islas, acampadas y la sensación de estar donde toca
Samothraki llegó como excusa.
La vacuna aún no estaba activa, hacía demasiado calor para avanzar… así que desviarse a una isla parecía una decisión práctica.
Acabó siendo una de las mejores partes de Grecia.
Acampar sin pagar, cocinar con lo justo, bañarse en el mar, subir picos con 1 litro de agua (error), termas a 40 grados, ferris madrugadores, días sin prisa y la certeza de que no todo tiene que ser productivo para ser valioso.
Fue una Grecia más salvaje, más silenciosa.
La que se disfruta sin expectativas.
El cansancio invisible
Grecia también fue desgaste.
No físico, sino mental.
La frustración con la vacunación, la burocracia, los planes que se caen, la sensación de estar parado cuando el viaje va de avanzar.
Y aun así, cada día pasaba algo:
una conversación, una cena compartida, una historia ajena que te recoloca.
Aprendí a aceptar el ritmo lento.
A no forzar decisiones.
A quedarme un día más cuando el cuerpo lo pedía.
Salir de Grecia: cerrar Europa
El último día fue distinto.
Pedaleé hacia la frontera con Turquía con un nudo en el estómago. No por miedo, sino por conciencia.
Grecia fue el final de algo grande: dejaba atrás la Unión Europea.
Cruzar ese puente, ver militares armados, pasar controles tensos… todo pesaba más de lo que parecía. No era solo una frontera. Era el primer gran objetivo del viaje cumplido.
Cuando el sello cayó, lo supe:
ya no estaba “empezando”.
Dormir en Turquía pensando en Grecia
Esa noche dormí en un campo de fútbol, rodeado de niños, risas y curiosidad.
Venía de Grecia cargado de historias, contradicciones y aprendizajes.
Grecia no fue perfecta.
Pero fue necesaria.
Me enseñó a parar.
A dudar.
Y a volver a arrancar cuando tocaba.
📍 País: Grecia
🗓 Fechas: julio – agosto 2021
🚴 Tipo de viaje: cicloturismo + hiking
🏕 Estilo: hostels, acampada libre, islas
🌡 Clima: calor extremo
🧠 Temas clave: pausa, dudas, equipo, transición
🧭 Sensación general: habitar el viaje antes de seguir
