Portada » Pendiente de clasificar » Noruega en bicicleta: llegar al final aunque el final ya no exista

Noruega en bicicleta: llegar al final aunque el final ya no exista

A Noruega no se llega pedaleando. A Noruega se llega insistiendo.

by txencito

El norte aprieta de verdad

Entrar en Noruega fue un cambio inmediato de tono. Finlandia había sido amable, blanda, reparadora. Aquí no. Aquí todo cuesta un poco más: el frío, la lluvia constante, el viento que no negocia, las montañas que se levantan sin previo aviso.

Primer día y ya empapados hasta los huesos. Y aun así, primera noche invitados en una casa. Esa es la paradoja noruega: dureza absoluta… y humanidad inesperada.


Vivir de refugio en refugio

Los días empezaron a organizarse alrededor de una pregunta básica:

¿dónde dormimos hoy?

Refugios de pescadores, cobertizos de colegios, polideportivos, parcelas privadas, entradas de servicio que se convertían en hoteles de cinco estrellas cuando fuera diluviaba. Cada día terminaba con una pequeña victoria: un techo, un fuego, un lugar donde no calarte más.

Y siempre pasaba lo mismo: justo cuando parecía que el día se torcía del todo, aparecía algo. Una familia que ofrecía pescado. Un señor que traía cerveza. Una cabaña que no estaba en el mapa. Una playa perfecta detrás de un bosque.

No era suerte.

Era el viaje diciendo sigue.


Fiordos, carne de alce y gratitud

Los fiordos del norte no son una postal: son un martillo visual constante. Montañas verdes que caen al agua azul turquesa, lagos que parecen mar, silencio interrumpido solo por el viento.

Y en medio de eso, personas como Dock. Una charla, una cerveza, una invitación a su casa… y acabar con varios kilos de carne de alce en las alforjas. Escenas que no se planean y que se quedan contigo para siempre.

Ahí entendí otra cosa:

no estaba viajando solo por llegar a Cabo Norte.


El túnel, la lluvia y el día D

Los últimos días fueron una acumulación de dureza. Lluvia constante. Viento frontal. El túnel bajo el mar, siete kilómetros descendiendo hasta -212 metros, con camiones pasando a centímetros, para luego subirlo todo de vuelta como si nada.

Y aun así, seguíamos.

El día de Cabo Norte fue exactamente como tenía que ser: niebla, frío, viento, lluvia horizontal. Empujar la bici metro a metro, con la cabeza baja, sin épica, sin fotos bonitas.

Llegar agotado, roto, sin ganas de celebrar. Solo entrar en calor.

Y luego, cuando parecía que tocaba volver pedaleando otra vez en esas condiciones… un autobús. Un alemán amable. Un favor improvisado. Otro regalo.

El último.


Cuando ya has llegado… y no sabes qué hacer con todo lo que sientes

Después de Cabo Norte no hubo celebración.

Ni euforia.

Ni esa foto perfecta que uno imagina cuando piensa en llegar al “final del mundo”.

Lo que vino fue algo mucho más extraño.

Seguimos pedaleando hacia Tromsø durante unos días, y ahí, sin previo aviso, me empezó a caer todo encima. Cada pedalada era rara. El cuerpo avanzaba, pero la cabeza iba por otro lado. Sabía que ya estaba volviendo, aunque aún no hubiera tomado ningún avión.

Y esa sensación… pesa.

Por primera vez en meses, el viaje no tiraba de mí hacia delante. Ya no había un objetivo que justificar el esfuerzo. No había frontera que cruzar, ni país nuevo, ni siguiente desafío. Solo quedaban kilómetros de despedida.


El viaje se acaba antes de que termine

Me emocionaba pedaleando. Literalmente.

Sin drama, sin tristeza explícita. Pero con esa presión en el pecho que te dice que algo grande se está cerrando.

Pensaba en todo lo vivido.

En lo absurdo y lo increíble.

En lo duro y lo ridículo.

En la cantidad de veces que quise dejarlo… y no lo hice.

Y también pensaba mucho en Fabián.

En los últimos meses juntos. En convivir sin escapatoria. En las discusiones tontas y las conversaciones profundas. En cómo alguien pasa de ser un desconocido a formar parte de tu vida diaria durante tanto tiempo que luego cuesta imaginar el silencio.

Pedaleábamos juntos, pero cada uno estaba en su película. Se notaba. No hacía falta decirlo.


Nervios, incertidumbre y volver a ser “normal”

Cuanto más nos acercábamos a Tromsø, más aparecían los nervios.

No por el vuelo.

No por la logística.

Por volver.

Volver a decidir qué hacer con mi vida sin que la bicicleta lo decida por mí. Volver a una casa. A una rutina. A gente que no ha vivido nada de esto contigo, pero te quiere igual.

Pensaba:

¿Quién soy ahora sin este viaje?

¿En qué me ha cambiado?

¿Y si lo echo de menos más de lo que espero?

El viaje me había dado una identidad muy clara durante meses. Y ahora tocaba soltarla.

Eso da vértigo.


Despedirse también es parte del camino

La despedida con Fabián fue sencilla. Casi torpe. Como suelen ser las despedidas importantes. Cada uno siguió su camino, literal y metafóricamente. Él pedaleando. Yo volando.

No hubo grandes discursos. No hacía falta. Habíamos compartido suficiente como para no tener que explicarlo todo.

Diez meses de viaje no se cierran con palabras.


El verdadero final

Entendí algo pedaleando esos últimos días:

el viaje no se acaba cuando llegas al destino.

Se acaba cuando aceptas que ya no necesitas seguir.

Y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba preparado.

No triste.

No derrotado.

Solo lleno.

Lleno de recuerdos, de personas, de lugares, de versiones de mí mismo que ya no volverán… y que está bien que no vuelvan.

Porque si algo me ha enseñado este viaje es que todo pasa, incluso lo extraordinario.

Y que saber despedirse también es avanzar.


📍 País: Noruega
🗓 Fechas: julio – agosto 2022
🚴 Tipo de viaje: cicloturismo de larga distancia
🧭 Ruta: frontera Finlandia – fiordos del norte – Cabo Norte – Tromsø
🎯 Objetivo: Nordkapp (Cabo Norte)
🌧 Clima: frío, lluvia constante, viento
💭 Sensaciones: dureza, humanidad, cierre de ciclo

Dejar un comentario

También te podría gustar

Esta página web usa cookies para mejorar la experiencia de usuario. Asumimos que estás de acuerdo, siempre puedes dar de baja si así lo deseas. Aceptar Leer más