Portada » Diario de viaje » Omán en bicicleta: cuando el cuerpo frena y la cabeza empieza a decidir

Omán en bicicleta: cuando el cuerpo frena y la cabeza empieza a decidir

Omán no fue un país para acelerar. Fue un país para escuchar al cuerpo… incluso cuando no quería hablar.

by txencito

Volver a pedalear acompañado

Entrar en Omán supuso reencontrarme con Fabián y, con ello, volver a pedalear en compañía después de días duros en solitario. El simple hecho de compartir el ritmo, las paradas y las decisiones devolvió algo de ligereza al viaje. Salimos de Sohar temprano, intentando ganarle horas al calor, y poco a poco la costa fue dejando paso a un paisaje inesperado: montañas secas, rojizas, abruptas, muy distintas al desierto plano que había dominado los días anteriores.

El calor seguía ahí, implacable, pero el entorno compensaba. Encontrar un buen lugar para acampar —un riachuelo, una sombra, una invitación espontánea— seguía siendo uno de esos pequeños triunfos diarios que hacían que todo valiera la pena.


Montañas, wadis y baños que lo curan todo (casi)

Omán sorprende cuando uno se adentra hacia el interior. Los wadis, esas venas de agua que atraviesan la roca, aparecen como milagros en mitad del paisaje árido. Algunos días terminaban con un baño en piscinas naturales formadas por filtraciones de montaña; agua fresca, silencio, y el cuerpo soltando tensión después de horas de pedalear bajo el sol.

Pero no todo era postal. El gravel, el viento de frente y las temperaturas cercanas a los cuarenta grados convertían etapas relativamente cortas en jornadas exigentes. A veces no era el desnivel, sino la combinación de calor, mal firme y cansancio acumulado lo que desgastaba de verdad.


El estómago manda

A partir de Nizwa, el viaje empezó a girar alrededor de algo mucho más básico: el estómago. El dolor apareció de forma persistente, sin llegar a ser una emergencia clara, pero lo suficientemente constante como para condicionar cada decisión. Pedalear se hacía más lento, las paradas más frecuentes y el ánimo empezaba a resentirse.

Aun así, intentamos mantener cierta normalidad. Visitamos el mercado de cabras de Nizwa en viernes, lleno de vida y de turistas, paseamos por pueblos pequeños, aceptamos charlas breves y rechazamos invitaciones cuando el cuerpo decía que no. Algunos días salían mejor que otros; otros se hacían cuesta arriba desde el primer kilómetro.


Muscat: parar del todo

Llegar a Mascate fue, más que una meta, una necesidad. La entrada a la ciudad no fue especialmente amable —tráfico, suciedad, algún susto con coches— pero el verdadero problema estaba dentro: el cuerpo ya no aguantaba.

Vinieron días de hotel, dieta blanda, medicamentos y hospital. En Omán, la sanidad funciona… previo paso por caja, varias veces. El diagnóstico no fue dramático, pero el aviso estaba claro: había que parar. Y no solo físicamente.

Mientras el estómago dolía, la cabeza también se ralentizaba. Pasé días apático, enganchado al móvil, sin ganas de explorar una ciudad que, siendo honesto, me pareció correcta pero sin alma. Mascate no me dijo gran cosa. Todo funcionaba, todo estaba en orden, pero le faltaba vida, caos, fricción.


Visados, planes y la frontera que llama

En medio de ese parón llegó una buena noticia: el visado para Pakistán. De repente, el viaje volvía a tener dirección. El siguiente gran salto estaba decidido y, con él, aparecía una idea que llevaba tiempo rondando: terminar el viaje en la frontera con China, quizá subiendo por el Himalaya pakistaní.

Pensar en el final del viaje —después de casi un año en la carretera— no era triste. Era inevitable. Omán, con su ritmo lento y sus días de recuperación, se convirtió en el lugar donde esa idea empezó a tomar forma.


Omán no empuja, acompaña

Omán no fue un país de extremos. No fue hostil como Emiratos ni caótico como lo que vendría después. Fue amable, previsible, tranquilo. Tal vez demasiado tranquilo para el momento vital en el que me encontraba.

Agradezco sus montañas, sus wadis, sus baños calientes y su gente discreta. Pero también entendí que ya no estaba buscando comodidad. Necesitaba volver a sentirme vivo, alerta, incómodo incluso.

Y eso, lo sabía, no iba a pasar aquí.

Omán fue el último lugar donde paré de verdad antes de lanzarme a lo desconocido otra vez. Un país para curarse un poco, pensar mucho y aceptar que el viaje, como todo, también tiene que acabar algún día.


📍 País: Omán
🗓 Fechas: marzo 2022
🚴 Distancia recorrida: ~500 km
🏕 Tipo de viaje: cicloturismo con acampada y hostels
🧭 Ruta: Sohar – Wadi al Hashimi – Nizwa – Fanja – Muscat
🌡 Clima: calor extremo (hasta 40 °C), viento y tormentas de arena
💭 Sensaciones: belleza árida, desgaste físico, pausa obligada y reflexión

Dejar un comentario

También te podría gustar

Esta página web usa cookies para mejorar la experiencia de usuario. Asumimos que estás de acuerdo, siempre puedes dar de baja si así lo deseas. Aceptar Leer más