Entrar en Francia fue como cambiar de frecuencia.
El paisaje cambió, sí, pero lo que realmente se movió fue algo por dentro.
Venía todavía con el temblor del inicio, con la cabeza llena de dudas y el cuerpo aprendiendo a obedecer. Francia fue el primer lugar donde el viaje dejó de ser un proyecto y empezó a ser una experiencia humana. Intensa. A veces demasiado.
Hospitalidad que descoloca
Dormí en casas de desconocidos que me trataron como familia.
Cené con jubilados que me abrieron su salón sin preguntas.
Compartí vino, historias y silencios con gente que no hablaba mi idioma, pero sí mi cansancio.
Cada vez que alguien me decía “quédate”, algo dentro de mí se desarmaba. Porque aceptar hospitalidad no es solo descansar el cuerpo: es exponerse emocionalmente. Y yo no sabía muy bien dónde guardar todo eso.
Hubo noches en iglesias, cobertizos, caravanas, jardines y habitaciones de invitados. Lugares que no estaban en el mapa, pero sí en el recuerdo. Francia me enseñó que el techo más importante no siempre es el que te cubre de la lluvia.
Pedalear cansado, pensar demasiado
También fue el país donde empecé a arrastrar cansancio mental.
Días largos, decisiones constantes, despedidas repetidas.
Odié marcharme de algunos sitios. Me quedé un día más de lo previsto en otros porque el cuerpo —o la cabeza— no daban para más. Aprendí que seguir avanzando no siempre es valentía; a veces es pura inercia.
Pedaleé con lluvia, viento, mosquitos y resaca.
Me perdí por caminos que no eran caminos.
Me metí en líos innecesarios por cabezón.
Y aun así, seguía.
El Canal du Midi y el aburrimiento necesario
El Canal du Midi fue bonito… al principio.
Luego se volvió largo, plano, repetitivo. Y ahí entendí algo importante: el aburrimiento también forma parte del viaje.
No todo puede ser postal ni revelación. Hay días grises, tramos que no dicen nada, horas donde solo pedaleas y piensas demasiado. Francia me obligó a convivir con eso sin huir.
Y curiosamente, fue ahí donde empecé a cruzarme con otros cicloviajeros. Algunos saludaban. Otros no. Algunos compartieron historias. Otros siguieron su camino. Como la vida.
Los Alpes: primer aviso serio
Cuando llegaron los Alpes, llegó también el primer aviso claro:
esto no iba a ser fácil.
Subidas largas, errores de ruta, decisiones torpes. Meterme por tierra cuando debía ir por asfalto. Gastar energía donde no tocaba. Dormir en una iglesia mientras afuera diluviaba, sabiendo que si no hubiera insistido un poco más, no habría llegado hasta allí.
Pero también llegaron las recompensas inesperadas:
una avioneta, una familia viajera, una mesa compartida, una conversación que te remueve.
Francia fue el país donde empecé a sentirme pequeño, pero acompañado.
El primer encuentro en el camino
Y justo cuando empezaba a acostumbrarme a viajar solo, aparecieron Carlos y Julia.
El primer encuentro ciclista real del viaje. Compartir puerto, cervezas, risas y tienda.
Ahí entendí algo clave:
viajar solo y viajar acompañado no es mejor ni peor, es distinto. Y ese contraste me acompañaría durante todo el viaje.
Cruzar el Col de Larche juntos fue simbólico. Había tensión, controles, risas nerviosas… y al final alivio. Italia al otro lado. Otra frontera más. Otro capítulo.
Lo que Francia dejó en mí
Francia no fue el país más espectacular ni el más duro.
Pero fue el primero que me rompió por dentro para recolocarme.
Me enseñó a aceptar ayuda.
A despedirme sin cerrar del todo.
A seguir aunque no tenga claro hacia dónde.
Salí de Francia más cansado, sí.
Pero también más abierto.
Y con la certeza de que este viaje ya no iba solo de pedalear.
📍 País: Francia
🗓 Fechas: mayo 2021
🚴 Tipo de viaje: cicloturismo en solitario
🏔 Terreno: Pirineos, Canal du Midi, Alpes
💭 Temas clave: hospitalidad, despedidas, cansancio mental
🔁 Punto de inflexión: el viaje deja de ser solo físico
