Armenia no fue tránsito. Fue pausa.
Entré en Armenia pensando que sería un país de paso, una etapa más antes de Irán. Salí tres semanas después sin haber pedaleado casi nada, pero con la sensación de haber cruzado un territorio mucho más denso que cualquier puerto de montaña. Armenia no fue kilómetros ni desnivel. Fue espera.
Esperar visados, esperar noticias, esperar a que el cuerpo se recompusiera, esperar a que el sur del país dejara de ser una línea roja en los mapas. Esperar sin saber cuánto duraría la espera. Y aceptar que, por una vez, avanzar no dependía solo de mí.
La guerra como ruido de fondo
En Armenia la guerra no siempre se ve, pero se siente en todo momento. En los camiones militares que cruzan la carretera, en los jóvenes soldados que asisten a misa, en los cementerios con tumbas demasiado recientes. No hay épica ni discursos grandilocuentes: hay cansancio.
Una mujer nos invitó a subir a su casa a tomar café en Sisian. Nos habló de su hijo, del frente, de cómo había cargado a un compañero herido durante kilómetros. Mientras lo contaba, se le quebraba la voz. Entre nueces y dulces, la historia sabía amarga.
Estamos en una zona en guerra y estas historias ocurren tan frecuentemente que la gente vive con ello.
Ese día entendí que la guerra, cuando se vive de cerca, no tiene nada de heroico. Solo deja desgaste.
Pedalear para no pensar demasiado
Los días que sí pedaleé en Armenia fueron exigentes. Montaña constante, carreteras rotas, frío seco y desniveles que no se ven en el perfil pero se clavan en las piernas. Hubo jornadas en las que avancé sin parar, casi sin comer, como si el movimiento fuera una forma de silenciar la cabeza.
Estoy tan fuerte mentalmente que se me pasa la hora del almuerzo.
Hasta que el cuerpo, como siempre, puso límites: calambres, dolor persistente en los cuádriceps, una alforja rota después de miles de kilómetros. Armenia no perdona la euforia ni la prisa, pero tampoco castiga sin motivo. Simplemente te devuelve lo que le das.
Casas que no son alojamientos
Si algo define Armenia es su manera directa de acoger. No hay medias tintas. No hay distancia educada. Aquí se bebe vodka por la mañana, se brindan historias personales sin rodeos y se come hasta no poder más.
Dormí en guest houses donde el desayuno parecía una declaración de intenciones. Comí en casas que no eran restaurantes y bebí vodka destilado esa misma mañana.
El vodka casero me dejó una semana entre váter y mocos.
También eso forma parte del viaje. No todo es aprendizaje bonito; a veces el cuerpo paga la experiencia.
Yerevan: quedarse quieto también es viajar
Yerevan fue un paréntesis largo. Demasiado largo para la cabeza, necesario para el viaje. Días de trámites, de PCRs, de embajadas, de tareas atrasadas. Días de citas fallidas, cumpleaños improvisados y noches largas en el hostel.
No pedaleé casi nada, pero conviví. Y eso también es avanzar.
Qué bueno es sentir que gente te espera.
Por primera vez en semanas, no estaba solo ni tenía prisa por irme.
Salir cuando toca
La salida de Armenia no fue sencilla. La carretera principal hacia Irán estaba restringida por territorio azerí, así que hubo que volver por Tatev, esa serpiente de asfalto imposible que ahora es la única salida del país. Accidentes de camiones, controles constantes, vehículos militares cruzándose en sentido contrario.
En la frontera, revisiones interminables, pasaportes manoseados una y otra vez, maletas abiertas sin explicación. Y, de pronto, al cruzar, algo cambió.
Irán empezaba.
Lo que quedó
Armenia no fue un país fácil ni ligero. Tampoco fue amable en el sentido turístico de la palabra. Pero fue honesta. Me enseñó que no todos los lugares están para disfrutarse; algunos están para entenderse y otros simplemente para respetarse.
Armenia fue un lugar donde aprendí a esperar sin huir.
Y a irme cuando era el momento.
📍 País: Armenia
🗓 Fechas: octubre – noviembre 2021
🚴 Km recorridos: ~300 km
🏕 Noches fuera: guest houses y hostels
📓 Diario diario completo: [enlace]
