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Emiratos Árabes Unidos en bicicleta: crónica de un país que no está hecho para quedarse

Los Emiratos no me rechazaron. Simplemente no me estaban esperando.

by txencito

Volver a pedalear después de parar

Entré en Emiratos Árabes Unidos después de tres semanas sin bicicleta. Volver a pedalear siempre es más duro de lo que uno recuerda, pero hacerlo aquí fue especialmente violento. El cuerpo había perdido el ritmo y el entorno no daba margen para recuperarlo poco a poco. Calor desde primera hora, viento cargado de arena y carreteras pensadas solo para coches, muchos coches.

Salir de Dubái en bicicleta fue una prueba de paciencia y de humildad. Siete carriles, cero arcén útil y la sensación constante de estar fuera de lugar. No era miedo exactamente; era la certeza de que la ciudad no estaba diseñada para alguien que avanza a quince por hora y necesita parar a beber agua cada pocos kilómetros.


El desierto no perdona las pausas

La primera noche en el desierto fue una mala elección. Una tormenta de arena convirtió la tienda en un recipiente lleno de polvo y la noche en una sucesión de ruidos, viento y sueño interrumpido. Amanecí cubierto de arena, con la boca seca y la sensación de haber empezado mal el día incluso antes de arrancar.

El viento en contra hizo el resto. Avanzaba a menos de diez kilómetros por hora y cada metro exigía más de lo que el cuerpo podía dar. Las piernas, todavía frías tras semanas de parón, dijeron basta de golpe: un doble tirón en los cuádriceps me dejó tirado en el arcén sin poder levantarme durante varios minutos.

Ese día entendí que el desierto no tiene paciencia con los errores pequeños.


Ayuda en mitad del asfalto

Pararon muchos coches, pero fueron dos personas concretas las que cambiaron el día. Dos trabajadores indios me subieron al coche y me llevaron hasta el pueblo más cercano sin hacer preguntas ni esperar nada a cambio. Me dejaron donde podían y se fueron, como si aquello fuera lo normal.

Más tarde, ya con el viento a favor, conseguí avanzar unos kilómetros antes de rendirme y pedir autostop en la autovía. Una hora bajo el sol abrasador hasta que una furgoneta de reparto se detuvo. Un chico bangladesí me llevó hasta Hatta y me devolvió, sin saberlo, un poco de calma.

En Emiratos, la ayuda no viene del lugar que esperas, sino de la gente que sostiene el país desde abajo.


Pedalear lisiado hacia la frontera

La última noche en Emiratos dormí cerca de un lago artificial, rodeado de mosquitos y con el teléfono sin soporte después de haberse roto en el coche. El cuerpo estaba tocado, la cabeza cansada y al día siguiente me esperaban casi cien kilómetros bajo el sol, con calambres acumulados y sin saber si llegaría o tendría que volver a hacer autostop.

Salí igualmente. Ya a estas alturas del viaje, los planes habían dejado de ser algo rígido. Pedaleé con cuidado, parando cada poco, gestionando el agua como si fuera oro. Crucé la frontera pagando un peaje absurdo por salir del país y entré en Omán casi sin darme cuenta, avanzando kilómetros sin que nadie me pidiera el pasaporte.

Cuando por fin llegó el sello, sentí alivio. No por Omán, sino porque Emiratos había quedado atrás.


Lo que quedó

Emiratos Árabes Unidos no fue un país para entender ni para explorar. Fue un tramo de resistencia. Un lugar donde el viaje se volvió puramente físico y donde cada error se pagaba caro. No me llevé grandes conversaciones ni momentos largos; me llevé aprendizaje.

Aprendí que no todos los países están pensados para ser recorridos despacio. Que algunos solo se cruzan. Y que, a veces, avanzar no es disfrutar, sino aguantar lo justo hasta el siguiente límite.

Emiratos fue eso: un puente caliente y hostil entre dos mundos muy distintos.

Y también fue la confirmación de que, incluso cuando el cuerpo va justo, todavía se puede seguir.


📍 País: Emiratos Árabes Unidos
🗓 Fechas: marzo 2022
🚴 Km recorridos: ~180 km
🏕 Noches fuera: acampada en desierto y parques
📓 Diario diario completo: [enlace]

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