Albania no se parece a nada de lo que había vivido antes. Llegué pensando que sería dura, caótica, incómoda. Y lo fue. Pero también fue uno de los países que más me sostuvo cuando el cuerpo empezaba a flaquear.
Aquí no todo fue pedalear. Aquí el viaje se abrió, se mezcló con gente, se volvió imprevisible y, sin darme cuenta, me bajó del modo supervivencia en el que llevaba semanas.
Shkodër: frenar sin sentir culpa
Entré en Albania alrededor de las 13:00 con más de 36 °C. Los últimos kilómetros hasta Shkodër fueron lentos, pesados, casi automáticos. Llegué al hostel exhausto, de esos días en los que la ducha no es higiene: es salvación.
Shkodër me sorprendió. Ciudad pequeña, tranquila, barata. Gente amable, mucho inglés, cero estrés. Comer tarde, comprar una SIM, intentar dormir una siesta imposible con ese calor.
Y por la noche, kebab callejero improvisado: la señora cruzando la calle para comprar pan solo para hacerme el bocata. Detalles mínimos que te reconcilian con el día.
Lo que iba a ser uno o dos días se convirtió en una semana.
Y no pasó nada.
Por primera vez en mucho tiempo, dejé de medir el viaje en kilómetros. Me quedé porque estaba bien. Estaba en buena compañía y porque el cuerpo lo agradecería.
Hospitalidad sin explicación
Albania tiene una manera muy suya de cuidarte.
No hay grandes discursos ni solemnidad. Simplemente pasa.
Un chico que te ofrece la mitad del tupper que le ha preparado su madre.
Un camarero que insiste en invitarte a comer.
Una familia que te deja acampar en el piso de arriba de su restaurante.
Una señora que cruza la calle para ir a comprar pan solo para hacerte un bocata.
No hay heroicidad en eso. Hay normalidad. Y quizá por eso impacta tanto.
Montaña, frío, perros y tormentas
No todo fue fácil. Hubo puertos largos, días sin comida, tormentas repentinas y ese momento en el que un perro estuvo a punto de morderme subiendo hacia Macedonia.
Ahí entendí algo: no es que Albania fuera peligrosa, es que yo estaba cansado. El último mes había sido irregular, acumulando desnivel, calor y pocas rutinas claras. El cuerpo empezó a pasar factura.
Y escucharlo fue, curiosamente, otro aprendizaje.
Valbona – Theth: el regalo inesperado
La escapada a la montaña fue un giro total.
De repente, mochila ligera, senderos, nieve en pleno julio, ríos helados, pueblos aislados sin asfalto y noches mirando estrellas.
Compartir ese tramo con gente que acababa de conocer —pero con la que todo fluía— fue uno de esos regalos que no se planifican. El viaje se volvió humano, no logístico.
Ahí recordé por qué estaba haciendo todo esto.
Salir de Albania con más de lo que entré
La última etapa hacia Macedonia fue dura: puerto largo, hambre, lluvia, cansancio acumulado. Pero al cruzar la frontera sentí algo distinto.
No orgullo.
No épica.
Gratitud.
Por haber llegado hasta ahí.
Por no haberme rendido en los días malos.
Por haberme permitido parar cuando lo necesitaba.
Albania no fue solo un país más en el mapa. Fue un reajuste interno
📍 País: Albania
🗓 Fechas: julio 2021
🚴 Tipo de viaje: cicloturismo + trekking
🌡 Clima: calor extremo, tormentas, montaña
🧠 Temas clave: hospitalidad, desgaste físico, parar sin culpa
❤️ Sensación general: duro pero profundamente humano
